El Turista



En Cioran conocí un viejo cascarrabias Su ternura
era hostil y su belleza sucinta Aborrecía al viscoso
género humano y sus derivados El perro con alas
de seda y el gusano pelambre de mono Mas
por piedad que por ignominia y un frágil
arco del triunfo que nadie supo ver cuando lo veían
Su indiferencia era luminosa y dejaba rastros fosforescentes
en las pieles que estrechó a escondidas de sí mismo
Por aquella primera impresión lo confundí con el loco del tarot
pero su camino no era redondo sino plano
y más bien escarpado Hacia las mañanas venenosas
me ejercitaba ante el espejo que agredía con los pulgares
en ristre a fin de seguirlo hasta la cumbre de su repudio
a imagen y semejanza de una lasciva actriz
de cine mudo a quien desposé pues amaba sin malicia

Pessoa?????

...cuando digo que siempre gusté de ser amado, y nunca de amar, lo he dicho todo. Me afligía siempre el ser obligado, por un deber de vulgar reciprocidad -una lealtad del espíritu- a corresponder. Me agradaba la pasividad. De actividad, sólo me agradaba lo bastante para estimular, para no dejar olvidarse, la actividad en amar de aquel que me amaba.

*Tomado de Fernando Pessoa. Escritos autobiográficos, automáticos y de reflexión personal. Emecé, 2005. Trad. Rodolfo Alonso

La caricatura de pessoa colgado es mía, la hice antes de conocerlo.

Oro es en mí lo que no se ve


Saliva rosada por la mañana
claro indicio que soy una mina
excavo con la tos seca y mojada
arrojo vetas rojas y encendidas
cual palabras que trago para evitar
la oscura ambición de las viandantes
ciegas y estúpidas ellas
que en la cama me rechazaron
sin saber que era una mina contagiosa
pudiendo dar mi veta por un roce
y llenar sus miserables vidas con toda
mi fortuna escondida entre carraspeos
y mucosidades transparentes
verdes y amarillas

Autoretrato (n intento)


Frente al espejo mensuro la fe perdida
mi cara remendada cual mi camisa
y mis costillas desequilibradas de su eje
por el tráfico de la concentración matutina
un remolino de oscuras intenciones
que da cierto nivel de ruido
a nuestras reflexiones
como un zumbido de élitros mojados
sobre la cicatriz del labio reconozco
de mi pasado lo peor que no es lo peor
porque seguirá pasando
como estas palabras
seguirán pasando
de mano en mano
y mejor si de boca en boca
aunque se tuerzan
en una mueca de asco
por la hermosa y hedionda corriente
que expulsamos con inocente crueldad
de nuestra piel chamuscada
una dolorosa parturienta
que nos mantiene pegados al espejo
mientras parpadea ante la sangre que se le arroja





*Imagen: Selfportrait de F. Bacon

SSSS

Camino la resaca
la vereda erizada de su lomo
luce como un gato amenazado por su sombra de perro
un puente que se suspende al humo de mi deseo
por la musa del café
en fin, la resaca es un costal vacío que se llena con
coca
café
sporade
y torpes movimientos
que me dejan las uñas levantadas
hermosos hematomas hermafroditas
que se reproducen en serie por el hombro el filo
del codo y como no
rodillas raspadas para la cena
vi en el baño, carla valeria, al grillo de las constelaciones
me saludó pero se fue caminando a pesar que lo apuré
de puro puré y pánico que me saltara encima
y se fue cojeando (que mas da
emocionado)
cuando terminé mi negocio ergo piano
pianíssimo determiné que mi estado de ánimo
lo dictaría la apariencia
de mis queridas heces
se veían robustas como troncos tronchados
desconchados como de algún noble roble
una sonrisa se esbozó entre mis ojeras
-usada de ceniceros en fiestas íntimas- pues
supuse que aquella era la apariencia
de la buena salud y la belleza
y me subí los pantalones
(que mas da
emocionado)

Heredad


Voy a heredar una úlcera
que me hubiese gustado conocer personalmente
es decir lamerla con cuidado de no quebrar
ni regañar su encostrado corazón
cuando empezara a sangrar
el limo amargo juntaría en mis manos
su ración de materia y me enjugaría con ella
el rostro los cabellos y saldría a la noche de las vociferaciones
recién nacido de una herida hija mía
tan puro y esbelto como una espada de grisú

A Juan Arvizu


Y su voz no te daña para soñar con él
Ni para darle a tu vida el tono sucio y gastado
Que ha dejado el tiempo en su belleza
Puesto que él es un hombre pegado a una voz
Y no una voz cubierta por el cuerpo insulso
de un hombre Un legajo de gusanos resentidos
O quizás no te da el espíritu para tan poco
¿Qué sentido pierde su camino dentro de mí
Cuando lo oigo? No podría decir sino oyéndolo
Y aun así pienso que el merecimiento de ello
Es demasiado para ser verdadero ¿Tanto
me miento que dudo hasta de mis apetitos?
Al final sueño que algo bueno se arrastra de mi vértigo
Si nada de lo que sobrevivo parte de mí Entonces
Estar a punto de ser hielo vidrio molido
o devolver lo comido Es tan aparente cual la carne
Que cubre mi deseo con el vendaje de sus venas
Verdes y cenicientas como mi faz tendida
Sobre los alambres de púas
que rodea todo lo que me llena:
espondilus messa
violáceos di
batolitos voce

Fernando Molano

Petición

Si ustedes lo permiten, yo quisiera declarar que
he cruzado por la vida. Y aún me queda.

A veces temo que los hombres seamos sólo una raza
de náufragos perversos, y no exista en la isla el verdadero
amor como no sea el propio (o el de dos, a lo sumo).

Aún así a mí la vida me seduce, y siempre aguardo
a que en cualquier esquina me asalte la bondad de algún extraño.

De mi fragilidad ya ha sacado su provecho este
mundo en que he nacido: no creo amarlo mucho.
Pero adoro sus utopías, en especial las que han
muerto, y no he dejado de soñar el día en que triunfe
alguna revolución de hombres buenos, y pudiera
en ella sentirme a gusto, aun cuando nadie me ame
y yo esté solo.

Pero ocurre que ya me deja el tiempo, como a un
pasajero olvidado en esta pobre estación que es mi
casa y mi país. Y quisiera, al fin y al cabo, si ustedes
lo permiten, preguntar: ¿No sería posible, en lo que
queda, sin que hacia afuera me sigan empujando,
ocupar un lugar en el recinto?

- Bien: puede ya reír el auditorio.



**Poeta del candor del que me gustaría leer más, el texto pertenece a su libro "Todas mis cosas en tus bolsillos" y lo he tomado de aquí:

Blanca Varela (1926-2009)


IX

El amor es como la música,
me devuelve con las manos vacías,
con el tiempo que se enciende de golpe
fuera del paraíso.
Conozco una isla,
mis recuerdos,
y una música futura,
la promesa.

Y voy hacia la muerte que no existe,
que se llama horizonte en mi pecho.
Siempre la eternidad a destiempo.

Noticias del verano


I

La música ha cesado (sonaba donovan)

por la ventana abierta

cabe el mediodía

el silencio de domingo

interrumpido por los perros y

la corneta del heladero

me llenan de angustia

pues tengo faringitis crónica

(con hemoptisis leve)


II

Me gustaría aprender a dibujar

ideogramas chinos que tienen,

me parece, la gracia del vuelo

del colibrí, picaflor, esputo,

putilla, tuctupillín, josemari recalde


III

Ahora que la tinta china

revela mi edad que fluye

en los cauces de la infancia,

el torrente oculto de mi

libertad soñada, me pregunto,

volado de mí, si le agradecí

a Claudita su regalo:

esta pluma fuente


IV

La tinta china

seca más rápido

que mis heridas

y sin antibióticos

ni expectorantes

Gatopiano

"Con el fin de levantar el ánimo de un príncipe italiano agobiado por las preocupaciones de su posición, un músico creó un gato piano para él. El músico seleccionó gatos que tuvieran tonos de maullidos diferentes y los dispuso en jaulas lado a lado, de tal modo que cuando una tecla era presionada, un mecanismo lanzaba un golpe sobre la cola del gato apropiado. El resultado era una melodía de maullidos que se volvían más vigorosos cuando los gatos más se enojaban. Quién podría evitar reírse ante tal música? Así el Príncipe fue curado de su melancolía."

Descrito por Athanasius Kircher, erudito jesuita del siglo XVII en su Musurgia Universalis (1650).






Resaca de un mea culpa


I

Estamos en un local abarrotado de gente y ruido, celebramos la vida. Soy el único chico en una mesa de mujeres, todas ellas compañeras de la oficina, una oficina que sólo sirve para perder nuestro valioso tiempo por un puñado de monedas. El alcohol me aniega y yo pierdo norte, camino sin orientación, mas respiro. La inundación deja una isla para las funciones motrices básicas o, acaso, es que ellas funcionan bajo el purísimo alcohol. Dejamos el local. Camino y hablo lo que no debo hablar. Mi deseo me lleva de la mano como una madre. Me acerca a una compañera de oficina que, extrañamente, pretendo sin saberlo, quien también está tomada pero no ebria. Luego, se cierra el telón. Despierto en una habitación desconocida. Alzo la vista y la claridad del día me golpea, veo unas cortinas rojas, escucho el tráfago de una avenida demasiado transitada. No estoy en mi casa y lo que es patéticamente peor nadie me acompaña en esta cama ajena. Me levanto aturdido y hago una llamada a S. Me explica cómo he llegado aquí, un hostal. Le agradezco a mi amiga por su práctica manera de salvar la vida del montón de carne curtida en alcohol que fui. Voy al baño, me exprimo desde la cintura hasta el cuello, vomito y la cabeza empieza a latirme. Vuelvo a la cama y descanso. Por la noche, llamo a mis otras dos amigas para disculparme por el accidente de imponerles mi inconciencia y, sobretodo, mi torpe cuerpo de animal sedado. C, la chica a la que pretendí en mi inconciencia, me disculpa no sin dificultad. Me dice que no puede creer todo lo que le he dicho y hecho, que ha sido demasiado. Le digo que no recuerdo nada, que no fue mi intención hacer que se sintiera incómoda. No me cree y me vuelve a insistir si realmente no recuerdo nada. Le digo que no, que nada de lo que haya dicho o hecho esa noche está en mi memoria. Se extraña y me dice que ya no importa, y con tono de madre resignada agrega que no lo vuelva a hacer. Me disculpo nuevamente y corto, perdonado pero compungido por la vergüenza.

II

Cuando estamos en el almuerzo, los retazos de lo que fui esa noche empiezan a aparecer en la boca de C, así aparezco tambaleante con las manos inquietas, posándose en tibias zonas que no son permitidas para los amigos. Aparezco también balbuceante y brutalmente honesto, lanzado por mi deseo contra la menuda persona de C. Esos retazos que ella no ha podido digerir, puesto que apenas habla de ellos con perífrasis, me hace sentir que ahora me teme. Me siento un poco apenado, mi deseo me ha hecho ver como un monstruo, aunque más propiamente como un sátiro, al menos, según los fragmentos que C ha ido soltando para el solaz de nuestras sobremesas. A pesar de mi timidez, aquello no me incómoda, hace mucho que la doxa ha dejado de generarme mala sangre, aunque siempre es una lucha constante. En otro día y en otra sobremesa, aparezco girando de un poste, colgado de un brazo, según S, bailando como una estriptisera del show de la barra. Todo lo que dicen me suena como si hablaran de otra persona. Obviamente no me afecta porque no fui consciente de ello. Lo que me interesa saber es cuánto de mí, de ese yo que no veo, hizo posible aquello. En todo caso, interesante sería que ese yo aflorado también pudiera ser invocado sin necesidad de dichas bebidas espirituosas. Aprendizaje de la ebriedad?. Como sea, desinhibido por el alcohol, pude lograr toda esa performance indigerible para la pobre C. Por otro lado, si bien su indigestión se debe a mi exceso, también, creo yo, a su forma de ver el mundo. Ella es la persona más centrada que he conocido, quizás por eso vive de manera equidistante de sus emociones. Además, tiene un envidiable sentido de la responsabilidad, que le fue entregado por las circunstancias y que ella se empeña en pulir llevándose trabajo para su casa, cosa, esto último, que repruebo tajantemente. Además, es un ser bienpensante, y no de la boca para afuera, como la mayoría en estos tiempos profanos, sino desde su pequeño gran interior, que imagino amoblado con la fornitura de la belle epoque. Jamás le he escuchado pensar algo oscuro del prójimo, se diría que todos los días se despierta con el corazón levantado, es decir, en un estado de bonhomía tan natural como amanecer con un día de sol. Yo sé que su claridad está en sus huesos, es su esencia, aunque ella se empeñe, de pura humildad, en atribuírselo a los frutos de su religión. C es católica, apostólica y romana practicante. Su fe no es rígida aunque la defiende como si defendiera a alguien de su familia. Esta flexibilidad ante la vida, a pesar de ser una comprometida seguidora del dogma católico, la desarrolló de pequeñita cuando se preparaba para ser bailarina de ballet, así su flexibilidad corporal ha devenido en otra espiritual, razón por la cual soy su amigo. La primera vez que debatí con ella desde mi postura más escéptica, comprobé que su posición era imponente y maciza como una iglesia románica. Más también, debo confesar que las siguientes veces que he buscado la madeja de su dogma ha sido por simple afán provocador, cual gato que juega con las hilachas de la abuela. Es más, creo que este ánimo pueril es el que ha aflorado la noche áquella y me ha llevado, desde una exaltada arrogancia pagana, a desplegar una especie de caridad sensual empeñada en tentar con mi escasa carne a la buena de C. Obviamente, no fue su fe lo que me impidió saborear mi oscuro objetivo sino su sensatez.

Poema de Ou Yang Hsiu (1007-1072)


Leyendo los poemas de un amigo ausente


Tsu Mei ha muerto prematuramente.
Chang Yu anda ahora por el Sur. Y yo,
desgraciado de mí, soy como una
cuadriga que ha perdido los caballos de
la derecha y de la izquierda. Su
recuerdo, como un enemigo potente, ataca
y me derriba. El endeble enjambre
de mis pensamientos lucha en vano contra
el embate. Todos los hombres
respetan el trabajo intenso, pero en
el ocio y el reposo encuentran
paz y felicidad. Y a mí, ¿qué me sucede?
nada, salvo que no puedo soportar
la pérdida de amigos. Hace mucho que no
escribo poemas. Mis ideas son como
un pastel pegajoso. Cuando la tierra buena
permanece inculta, la hierba
desaparece, substituida por la maleza
difícil de azadonar. Cuando no
se usa un pozo todos los días, el agua
no se mantiene pura. Por azar,
he abierto un libro de Mei y he olvidado
todo lo demás, mientras el sol se
ocultaba tras los aleros. Los gozos de la
poesía, para quienes los aprecian,
aumentan con el tiempo y la familiaridad.
Su riqueza nunca acaba de saciar.
Los hombres de esta época me inspiran
compasión. Nunca hablan de cosas
interesantes. Carecen de ambición y mueren
sin llegar a conocer la música de
los versos. Pero yo, que tengo la fortuna
de apreciar esos placeres, cuanto
más los saboreo, mejor los entiendo y más los
necesito. En el ocio que me dejan
mis obligaciones, me quedo en casa para poder
gozarlos en paz y me maravilla que
mis escasos medios me hayan permitido
distrutar estos poemas tanto,
que me siento como un caballo desbocado.








*Tomado de Kenneth Rexroth quien ha seleccionado y transcreado Cien Poemas Chinos. La traducción al español es de Carlos Manzano. Ed. Lumen, 2001.

Todos invitados

(click en la imagen para agrandar)

I love the unknown



Pa la bella genio

Tengo amor hasta para derrochar
a manos llenas lo busco perder
a conciencia de apostador
he ganado esta delgadez
que estuve a punto de quebrar
pues no sabía que colmado andaba
del puro amor que, si me ven, no engorda
mas bien pule los huesos como la arena
el diamante; por eso, tu problema, madre,
mi flacura, es el mucho amor que me llena
de sien a talón cual oso de felpa o fibra
de algodón y no me deja engrosar las tallas
del pantalón, puesto que
el amor es un parásito,
una larga solitaria que se enrolla
en los rincones de mi aridez;
de adolescente no supe darme cuenta
y me aferraba a mi hueco, mi timidez,
que a la solitaria siempre albergó,
con un dedo colgaba de mis venas
en la soledad de mi cuarto
aprendí a tocar el laúd del vacío
sin maña y con torpeza; mas ahora,
que cerca voy de la salida
reparo que lleno estoy
de nada más que amor:
lloro dulce amor
sudo frío amor
eructo avinagrado amor
cago suelto amor
vomito caliente amor
sueño mojado amor
eyaculo tibio amor



(imagen: de Alberto Greco
tomada de aquí: www.albertogreco.com)

El café se enfría

Joven dúctil y lejano,
tú no amas sólo sueñas
tú no deseas sólo despiertas
no lo que pace sobre la mesa de ajedrez.
Reina negra de peones blancos,
que se espantan con tu sonrisa,
enturbias la corriente cristalina
de las correspondencias.
El lánguido cuello del caballo
y la noble belleza de la retirada
no esperan a ser pasto de tu contemplación
que se desgaja en nubarrones de moscas
como la torre elevada por el humo del café
que se derrumba entre tus manos.

The Old Lady


La vieja piedad que subió a la custer en traje de quinceañera tenía el pelo rojo, la boca desdentada y el pantalón a la cadera mostrando el mustio ombligo. Al caminar en busca de un asiento iba esparciendo un olor a orines de cantina. Como el buen boy scout que fui, le hice un espacio y le cedí el asiento al lado de la ventana. Luego de pasarse la lengua sobre los resecos labios, la old lady me miró, quiero creer que con gentileza. Emitiendo un sonido gutural que debe haber sido un gracias, sentí su boca tan pestilente y de seguro infecciosa tanto o más que las fauces de los dragones de Cómodo. Sentía sobre mi cara el papel mojado de su respiración, su entreabierta boca y sus ojos replegados entre los pellejos y el maquillaje. Tras un crujido, la miré sollozar y llevarse las gruesas y enjoyadas manos sobre la apergaminada piel de su cara.

-Tan mal me veo? – dijo con voz áspera y aun alcoholizada. Volteé como buen samaritano, pensando que podría consolar a tan abatida mujer, pero su ánimo era tan turbio que me expulsaba del asiento, tan turbio que me amenazaba con el cuello de una botella rota. Mis buenas intenciones aunque ridículas eran ciertas como los años de esta mujer, como los muchos amantes que de seguro la maltrataron y la dejaron en esos grisáceos despojos que ahora, pintarrajeada sin vergüenza y con temeridad, atentaba contra el timorato y encarnecido adolescente que suelo ser cuando caigo en la más desnuda bondad. Caray, que era una anciana.

Se siente bien?–le pregunté, tan tartamudeado que apenas emití un susurro. Pasado un tiempo considerable y sin que escuche una respuesta me di con la satisfacción de la buena intención mostrada, aunque caída en saco roto. Mas al rato, luego de una frenada intempestiva y de que cerrara la ventana, intensificando de esta manera el olor de la más aberrante corrupción, léase contradicción, de la humana y animal naturaleza, mujer de ochenta primaveras disfrazada de quinceañera, volteó hacia mí su resaqueado rostro.

Me siento mal –susurró con una voz tan cavernosa como una marea de oscuras cavidades. Me hice el que no le había escuchado y seguí mirando, con el riesgo de una eminente tortícolis, al otro lado de la calle que fluía hasta ser un paisaje borroneado. Tomé aire y volví a mirar su rostro. Vi a una anciana maltratada por la vida.

Me siento mal –volvió a decir con la voz quebrada y con serio riesgo de desaguar lo que sea que estuviera conteniendo su hundido estómago. Lo peor que podría pasar, pensé, es que desagüe todo lo bebido sobre mi escueta persona.

Quiere vomitar? – le contesté realmente preocupado y atento para zafar del asiento a la llegada del buitre. Ella me echó encima una mirada descompuesta y sorprendida, sin embargo, al final del efecto de mi pregunta afiló el ceño y juntó las cromáticas cejas: y yo intuí en carne propia, encarnada la astilla, la ascensión de lo bebido, denso y cargado de la más abyecta humanidad.

No... quiero llorar – alcanzó a decir con los ojos ya empozados, aguas negras producidas por los kilos de delineador usado en resaltar la forma de sus ojos largos. Llevó sus manos hacia ellos y de ahí a las sienes, las que presionaba con los tres dedos. Sorbió con un ruido estentóreo los mocos que se le empezaron a caer junto con las lágrimas. Con la torpeza de manos palmípedas se enjugó el rostro y como si evitara que algo fuera a estallar dentro de ella aguantó la respiración. Yo la miré en silencio sin saber qué decir ni qué hacer para calmar a esta colorida estampa de la dolorosa. Traté de pensar en algo que evitara su líquido derrumbe pero sin resultados. De pronto me miró, acercó su enjuta y enrojecida boca, puso su goteante mano sobre mi pierna izquierda y me hizo una pregunta que el hedor de sus palabras me impidió escuchar. De nuevo se lanzó pero con el arma química de su boca apuntando hacia otro lado:

-tu le pedirías plata a tu hija?

Con la duda de si pararme del asiento, responderle o hacerme el tercio, me quedé en blanco y ella sacó la mano de mi pierna, mirándome expectante. Al rato contesté:

-Si tuviera una hija y estuviera realmente en aprietos, pues, sí, sí le pediría plata a mi hija –dije con una resolución tan mal llevada que a la old lady no le costó trabajo percatarse de mi inepta manera de enmascarar mi repulsión. Y de nuevo la mirada hostil, esta vez, lanzada con toda la intención de arrollar mi mal asumida bonhomía.

- Mal hombre... cómo le vas a pedir plata a tu propia hija – agregó mientras un temblor le recorría toda su trajinada anatomía. La miré ya desde una manifiesta aversión y en la medida que aquella actualizada reliquia de los bajos fondos parecía calmar su paroxismo, desistí de la tensión puesta en los músculos a fin de esquivar cualquier fluido que amenazara mi integridad. Luego de un tiempo muerto escuché el rastrillar de su arma química, de sorpresa el escupitajo, cargado y letal, fue lanzado menos mal con tan poca pericia que sólo me llegaron las esquirlas, quedando el total del verde bolo excrementicio sobre el propio cuerpo de la agresora. Un fluido verde-sanguinolento, grumoso, viscoso se derramaba por su flaco muslo.

Vividor! – vociferó, apartándome del asiento con su brazo huesudo. Atravesó la custer y se bajó, no sin antes insultar al cobrador y dejar una estela de liquido pestilente sobre el piso.

Invocación lunar

No te imagino Joan
extinto por
mano ajena
ni retorcida circunstancia
de foscos corazones
enredados en la maleza
de avenidas sin mesas
de ajedrez en las veredas
ni charla de peones
cual damas chinas
trenzando los azules
cabellos de los postes
a la luna en la madrugada
cuando suelta sus hilos
en los rincones
como telarañas quitasueños
que atraparan el oscuro vuelo
de nuestras risas
jóvenes y plácidas
moscas de la carne

Mar de la Serenidad

(click en la imgen para leer el poema)



*Abolerado-martinadeano poema de la encantadora plaqueta-libro "Anticuario"(Cascahuesos editores, Cusco, 2008) del gran Diego Lazarte.

Del baúl del Guardia Civil: 1er avistamiento del blue teenager

Poseía a las mujeres que pasaban por mi lado con miradas elusivas, sigilosas como una lengua rampante; iba de sus piernas a sus caderas soberanas, jamás a sus corazones. El tiempo era poco pero las ganas ubérrimas. Luego fui más audaz y mientras las observaba en el paradero con sus uniformes, falda azul y blusa roja, como un muy bien proporcionado borrador, las poseía sentado y detrás de la ventana. Cada mirada arrancaba retazos de su cuerpo y los degustaba con apurada molicie, pues evitaba toparme con sus ojos. La vergüenza que me producía ser descubierto me llenaba de un pegajoso sentimiento de culpa. Mas el tiempo pasa y afina nuestras manías, en este caso, mi timidez se convirtió en un afilado escalpelo con el que fui destazando mujeres. Saboreaba por un tiempo prolongado la parte que me resultara más apetitosa; así, podía demorarme toda una eternidad, es decir, lo que demora una combi en llenarse de pasajeros, en la curva gloriosa de los glúteos de mujer umbría o repasar lánguidamente la tierna cintura de una primorosa adolescente. Convertido en un predador hasta con el rabillo del ojo, fui notando la variada naturaleza de las proporciones femeninas. Habían las de espaldas anchas y caderas estrechas que, por lo general, hacían gala de un busto eclesiástico, aquellas majestuosas cúpulas se erguían aun a pesar de las ropas y sostenes que atentaban su contundencia. Pero eran las otras, las de proporciones áureas las que me fascinaban. Nada les sobraba. La armonía de la naturaleza, de las formas puras y convexas se encarnaba en ellas. No importaba que fueran muchachas delgadas como libélulas o aquellas más robustas cual rotundos árboles de frondosas cabelleras, cada una de sus partes erigían un todo magnífico y exuberante como un templo dorado en medio de la selva ante el que, hasta el desfallecimiento, entregué en cuerpo y memoria mi adolescencia solitaria.