Los flecos de la resaca

La horizontalidad es salud, el cuerpo la pide ahora, le duele estar sentado, estar sentado es una tortura, no sólo para las esmirriadas posaderas sino también para su disposición anímica. Tiene el espíritu sentado. Camina sentado, corre sentado, ama sentado y eso que sus piernas, aunque cañas flacas, están sorprendentemente preparadas para jornadas exigentes. Pero no, ahora se doblan como el loto que no es y le dejan de viaje sobre sus huesos menos íntimos.

El cuerpo quiere hacerse agua, deshacerse, y lo haría si no se mantuviera en tensión, pues, anda sentado. En reposo, sin sostener la cabeza, se vaciaría sin ningún tipo de consideraciones. Los sensibles podrían considerar un acto obsceno, desleírse, pero dudo que sospechen que entre nuestros placeres hay peores y silenciosas atrocidades.

Abre la boca para respirar bocanadas de aire, para atragantarse del aire viciado que le da peso. Su cuerpo tiembla, se encuentra rígido y seco a fin de mantener cada víscera en su lugar; guardar su correcta disposición y no terminar con el estómago palpitando por la cabeza y el cerebro entre el vómito y las heces.

No, el cuerpo no se deja maltratar, malquerer, da tirones de repudio, de rechazo, como una mulita de mar que no quiere moverse; así, a punta de coces y arqueadas, hace notar su transparencia.

Para Susana T.


No quiero más sabor
que todo de tí,
Thénon,
gracias, por la frágil
telaraña tendida
en los años que me llevas
esquivando, pues, alguien como tú,
imagino,
sólo puede probarnos
cuando escribe para nadie,
cual la madre
que pare un huevo huero
y lo lame...
Lo sé,
tengo mal sabor de boca
y un espinoso sudor frío.